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viernes, 6 de enero de 2017

De hippies y coyotes

Si se hiciera una película de mi vida, el setting sería, sin duda, Coyoacán. Pero la película terminaría desviándose de mi historia y retratando todas las cosas que pasan en ese enorme mundo de hippies, esquites y rarezas.

Entre los personajes más destacables están "los campeones nacionales de beatbox". No me puedo imaginar cómo es una competencia de beatbox, pero sé que ellos son los campeones y están orgullosos. Una vez mis amigas y yo nos paramos a escucharlos. Después de una canción (?), rapearon pidiéndonos que les dijéramos palabras para integrarlas a su improvisación, o en términos de barrio pesado, freestyle. Nosotras, lindas como siempre, decíamos cosas como "vicisitudes" u "otorrinolaringólogo", con el afán de molestar. Y no sé cómo, pero podían improvisar incluso con esas palabras. Era como estar en una escena de la película de Eminem, 8 Mile, pero región 4.

Está, por otra parte, el autoproclamado "señor de los anillos". Lleva consigo una especie de alambre dorado con el que hace anillos en menos de un minuto. Digo esto último porque me hizo contar el tiempo. En general venden cosas rarísimas, como suéteres para perro con un muñequito encima, para que parezca que es un jinete. También piedras anti-estrés. Cuando le pregunté al chico que las llevaba cómo funcionaban me dijo "es que la tienes que comprar". Le pregunté que si comprándola me desestresaría y me dijo que sí. No lo hice y tal vez por eso me salen canas de vez en cuando. Y obvio no pueden faltar quienes venden trenzas y te explican que cada color tiene un significado místico que te ayuda a ser uno con la madrecita Tierra.
Además de los vendedores, están los músicos y los intelectuales. Me he topado con gente muy talentosa haciéndole covers a The Doors, así como a gente tocando El Sirenito en clarinete sin mucha consideración hacia los oídos ajenos. Los hippies, hipsters, y los portadores de playeras del Che Guevara son los que entran como los "intelectuales". Una vez escuché a uno decirle a su pareja "¡escribir sin leer es un verdadero acto de egoísmo!", y en una página de Twitter que sigo, alguien escribió que escuchó a alguien decir esta maravillosa frase: "Si Villoro contigo, ¿quién contra ti?".


Así como he tenido incontables experiencias buenas en Coyoacán, he tenido malas. Pero incluso las malas a la larga se han convertido en recuerdos chistosos. Una vez fui con Moni -de mis mejores amigas-, a tomar un café en La Catrina. Como siempre hablamos hasta por los codos, la plática terminó hasta que anocheció. Teníamos planeado ir a mi casa posteriormente, y como vivo bastante cerca de ahí, me pareció buena idea que regresáramos caminando. "Conozco perfecto el camino", dije minutos antes de que nos perdiéramos bajo la lluvia. De todos los caminos que sí domino, decidí tomar el único que no conocía bien.  Caminamos tanto tiempo sin sentido que no puedo decir con certidumbre en dónde terminamos. Las calles eran oscuras y completamente nuevas para mí. Antes de pedir la cuenta en la cafetería le mandé un mensaje a mis padres diciendo "en camino". Cuando les iba a mandar un nuevo mensaje pidiéndoles que vinieran a buscarnos, mi celular se apagó. Se había acabado la batería. Perfect timing.
Recuerdo cómo me pesaban los pies al caminar gracias a las enormes botas que tanto me gusta usar. También recuerdo poder sentir a kilómetros de distancia la preocupación de mis papás. Mi mochila de Star Wars colgaba en mis hombros y estaba abierta por completo. Cuando me di cuenta, mis cuadernos ya eran trapos empapados. Estuvimos más o menos una hora caminando bajo ese diluvio interminable. Era época de exámenes y días después iría al concierto de Radiohead. No podía enfermarme.
Milagrosamente no lo hice. Solo me di cuenta que los millenials no servimos para nada. Además de que tuve una de las experiencias más extrañamente divertidas de mi vida.

En otra ocasión fui a pasear a Coyoacán con Andy, después de un día difícil. Me acuerdo que tenía los ojos hinchados por haber llorado. Un chavo se acercó a nosotras y nos vendió dulces mexicanos. Pero después de hacer esto, sacó una bolsa y nos pidió que sacáramos un papelito de ella. El mensaje del mío hablaba sobre superar los malos momentos. Coincidencia o no, fue reconfortante. Escribí un mensaje pensando que tal vez yo podría hacer lo mismo por otra persona.
Otros personajes infalibles son los chicos con letreros de "abrazos gratis". Siempre hago lo posible por evitarlos. Pero una vez se nos acercó a una amiga y a mí uno de esos tipos, se veía tan feliz que fue difícil negarle el abrazo. Sin embargo, a penas lo soltamos y empezaron a llegar más personas a abrazarnos, como si de alguna forma él les hubiera gritado "¡miren! ¡aquí!". Resultaron ser como quince. De todas las edades y apariencias. Todos llevaban camisetas iguales, como si trabajaran en una empresa cuya función es repartirle cariño -casi obligatorio- a gente aleatoria.
También, en uno de los muchos centros culturales, hay una enorme caja llena de libros. Son gratis. Entre ellos he visto títulos como "El Manifiesto Comunista", "Madame Bovary" y libros de texto que generosos preparatorianos han donado. Ese es el propósito de la caja, dar sin recibir algo a cambio.

De las muchas veces que he ido, en la mayoría he recuperado un poquito la fe en la humanidad.


Una vez un profesor me contó que hubo una madrugada en la que no podía dormir, entonces fue a Coyoacán. Se sentó en una de las bancas a leer, sin poder creer la paz que se sentía a su alrededor. Nunca he ido de madrugada -está en mi bucketlist- pero entiendo bien a qué se refería. Pero a veces, con todo y el olor a esquites, los organilleros, el incienso, los clarinetistas tocando (mal) El Sirenito de Rigo Tovar, los shows de payasos y los vendedores insistentes, creo que Coyoacán es mi lugar de paz.

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