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viernes, 13 de enero de 2017

La generación del eterno estrés

Hoy imprimí mis documentos para tramitar mi examen de la UNAM. El momento que parecía tan lejano está acercándose tan rápido que no puedo evitar sentir emoción, nervios, felicidad y, al mismo tiempo, tristeza. El año pasado decía que el día en el que terminara la prepa sería el más feliz de mi vida. Hoy empiezo a dudarlo.
Puedo hacer una lista enorme de cosas que voy a extrañar del Piaget; la orquesta, los casual fridays, los lunes de brownies y los viernes de molletes, las clases de redacción de viernes a última hora, los días en los que llegamos con "cruda de TMI" y las veces en las que armamos complots para no entregar tareas o cambiar su fecha de entrega. Tal vez pueda acostumbrarme a estar sin todo ello, pero creo que va a ser difícil llegar todos los días a tomar clases a un lugar donde no están mis amigos. Cuando entramos a la prepa éramos 30, hoy somos 22. Ha sido como The Hunger Games. Hemos sobrevivido de todo, pero aquí seguimos.
Cada mañana entro de mal humor al salón y eso cambia inmediatamente al escuchar que Elton John o Billy Joel suenan en las bocinas. Poner música en las mañanas ya se volvió una costumbre al igual que poner "Las mañanitas de Cepillín" cuando es cumpleaños de alguien o cantar "Lamento Boliviano" cuando en los viajes vamos todos aplastados en el camión, viendo el atardecer.  
Aunque lo niegue, voy a extrañar que me griten indiscretamente "¡te pusiste roja!" cuando tengo pena o que me despierten de mis siestas entre clases con un abrazo o un cariñito en la cabeza.
Voy a extrañar las clases de Teachers en las que nos comportamos como niños de 5 años, o las clases de psicología donde todos nos volvemos Freud. Los cuentos de la clase de historia o las clases de comunicación visual donde terminamos discutiendo profundamente la filosofía de los alienígenas.

Nuestra historia en la prepa ha sido bastante divertida, parecida a la de los niños de Ned's Declassified School Survival Guide. En cuarto, cuando entramos, todo nos daba miedo. "Son la generación más estresada que he conocido", nos decían varios profesores. De ese año lo que más recuerdo con cariño son las clases de Grammar donde hacíamos the question of the day. La pregunta podía ser desde película favorita hasta si nos daba miedo la muerte. Gracias a ello nos conocimos aún más.
Recuerdo la posada de ese año en la que nos aburrimos al grado que subimos al salón a tomar tutoriales de cómo twerkear. También fue nuestro primer viaje, a Chiapas. Un día los organizadores del viaje nos hicieron subir y bajar corriendo los templos de Palenque como si fuéramos Indiana Jones. Me duelen las piernas solo de acordarme. Otra noche estábamos afuera de un restaurante en San Cristóbal cantando "Lamento Boliviano" de los Enanitos Verdes, que después se convertía en nuestro himno. Nos íbamos a dormir a la 1 de la mañana y nos despertábamos a las 6. Estábamos cansados hasta los huesos pero no importaba, la estábamos pasando tan bien que ni siquiera nos daba tiempo para quejarnos.
En quinto nuestro estrés se multiplicó al máximo. Las prácticas de salud y las declinaciones de etimologías eran como una penitencia que no sabíamos qué habíamos hecho para merecer. Hubo un día en el que ocho personas lloraron, sé que haberlas contado me hace muy cruel, pero es el ejemplo perfecto de lo angustiados que estábamos todos. Pero poco a poco nos fuimos relajando. Hay una foto en Facebook de una caricatura de un perrito sentado en una mesa, tomando café en un cuarto que se está incendiando. El perrito está sonriendo y diciendo "well, this is fine". Esos éramos nosotros.
La escuela nos llevaba a visitar universidades bastante seguido. En el fondo sabíamos que lo que más nos emocionaba era que nos daban de comer bastante bien en ellas. Aún recuerdo las hamburguesas de la Anáhuac. No nos preocupamos por las decisiones vocacionales porque veíamos todo eso como algo muy lejano. En sexto llegaron las consecuencias de ello, pero no vale la pena contarlo. Ese año también nos fuimos a Veracruz. A diferencia del viaje a Chiapas, en este no hicimos mucho. Pasábamos larguísimas horas en el camión, escuchando a The Smiths y jugando Mario Kart para Nintendo DS. Una tarde fuimos a la casa de una artista a hacer cerámicas y obviamente no pudimos dejar pasar la oportunidad de recrear una y otra vez la famosa escena de Ghost. También comimos enmoladas hasta caer enfermos. Una noche nos juntamos todos los de quinto en el lobby del hotel a jugar verdad o reto, como si fuéramos en sexto de primaria. Estar ahí, bajo las estrellas, muriendo de risa y de calor, hizo que las largas visitas guiadas y las horas de camión valieran la pena.
Para finales de año ya éramos lo que se dice de forma fina, un desmadre. Hicimos una colecta de firmas para que uno de los profesores se pusiera el uniforme de la escuela en su último día -lo hizo- y los dramas que nos acompañaban prácticamente ya no existían. El último momento realmente triste fue cuando olvidé mi credencial para el examen final de ética y no me dejaron presentarlo. Salí de la escuela porque tenía mucha pena, y recuerdo estar llorando afuera de la heladería porque estaba cerrada justo cuando necesitaba helado de consolación. Pero solo eso.
Sexto ha sido el año más divertido hasta ahora, y eso que vamos a la mitad. En uno de los primeros días la escuela nos llevó UNAM. No nos llevaron a trabajar ni a hacer fichas de investigación como es la costumbre; nos llevaron a corretearnos en el espacio escultórico. Otro día nos llevaron al cine. Por votación popular decidimos ver "Ouija 2", ni siquiera subtitulada sino doblada al español. No solo era una pésima película, sino que era una pésima película en español. La sala del cine se inundó de carcajadas, y regresamos a la escuela felices como nunca.
En la semana de las elecciones estadounidenses el ambiente se sentía gris. Pero ese viernes, justo después de que Trump ganara, hice una fiesta por mi cumpleaños. Creía que nadie iría. Fueron todos. La música y los foquitos blancos navideños estaban tan fuertes que mi casa se quedó sin luz por semanas. Fue de las mejores noches de mi vida.
En Área IV me divierto tanto que me preocupo, "¿no debería de estar más enfocada en prestar atención que en reírme?", pero es imposible. Una vez Andrés trató de convencer al profesor de doctrinas filosóficas de que la gravedad no existía y los hombres están hechos de maíz. Otra vez, creímos que un profesor nos había hecho algo, entonces tratamos de hacerle la ley del hielo. Fue entonces que nos enteramos que no había sido él. Nos dio cargo de conciencia como por un mes.

Trato de terminar de escribir esto pero no puedo porque me vienen a la mente más y más momentos. Ayer me enfermé en la escuela y me puse muy mal. No me había pasado desde primaria. Justo el día antes, por equis cosa, mis compañeros me molestaron hasta el cansancio. Pero ahora me cuidaban y se preocupaban por mí. Cuando regresé a mi casa ya tenía varios mensajes preguntándome por cómo estaba. En eso puedo resumir nuestra amistad. Podemos estarnos chinga y jode todo el día, pero cuando algo pasa, somos los primeros en preocuparnos. ¿Cómo se supone que no voy a extrañar todas esas cosas?

Si se aventaron leer todo este rollo, puedo decir, que, en palabras de nuestra canción:


Hoy estoy aquí, borracho y loco. Y mi corazón idiota siempre brillará. Y yo te amaré, te amaré por siempre.

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