Vistas a la página totales

sábado, 4 de febrero de 2017

De la Unión Soviética a la UNAM

Faltan 15 días para mi examen de la UNAM y 14 para el de la mayoría de mis amigos. Que me haya tocado en domingo en lugar de sábado es tanto una bendición como una maldición. Tengo un día más para estudiar, tengo un día entero para que mis amigos me digan qué es lo que puede venir en mi examen. Pero tengo también un día extra de dolor en el estómago, de sudor en las palmas en las manos y de practicar canciones en mi guitarra por si no paso y termino teniendo que tocar en la calle.
El camino hasta aquí ha sido largo, larguísimo, eterno. La duración de las tres películas de El Señor de los Anillos sumadas con las de El Hobbit se queda corta. Hay un viejo tuit mío que dice "Estoy estresada por un examen que es en febrero. Estamos en septiembre" en efecto, así se pasaron aquellos cinco meses.
Me metí a un curso de preparación. No se siente como estar en una escuela, se siente como estar en una novela de Dostoyevski. Entras en sábado a las ocho de la mañana. Aún tienes el almohadazo y sientes que no has despertado. Llegas a un salón diminuto, donde hay unas treinta pequeñas bancas azules -donde a duras penas cabe una persona de peso promedio- amontonadas. Afuera hace frío, pero no el frío de la Ciudad de México sino un frío ruso que no se siente en ningún otro lugar de la ciudad. Tus compañeros no te saludan porque probablemente te odian. Ellos también tiemblan de frío, algunos tienen tuberculosis[1] y te tosen en la nuca. Juntas unos pocos kopeks para comprarte aguardiente en la tiendita y ya no tener tanto frío pero ya no hay porque alguien se lo acabó y se quedó ciego. Eres miserable. Probablemente te llamas Raskolnikov.
...Y no es así, de hecho no es tan horrible. Le debo mucho a ese curso. Pero soy una exagerada y amo la literatura rusa. Entonces así lo sentía. En fin. Una vez mi mamá me dijo "perdón por llevarte a la Unión Soviética todos los fines de semana. De verdad perdón" y creo que esa comparación es más acertada. La Unión Soviética.
Además de mis días en la Unión Soviética, el camino a la UNAM ha tenido otros oscuros episodios. Cuando fui a hacer la fila para tomarme la foto, por ejemplo. La mayoría de los demás estudiantes iban acompañados de sus papás. Yo iba sola y estaba confundida, era un mundo de gente en el cuál yo era pequeña y despistada. "Perdón", le dije a una de las que estaban organizando las filas "sé que ya lo dijo mil veces en el megáfono pero de verdad no tengo idea de qué hacer". Me vio conmovida.
La famosa fila duró tres horas. Por alguna razón creí que sería buena idea ir semi-formal. Alguien me preguntó  "¿vas a estudiar derecho?" y me sentí halagada. Pero a pesar de ello, sufrí. Tenía calor y me dolían los pies. Se le acababa la pila a mi teléfono y yo no tenía muchas ganas de pasar tanto tiempo conviviendo conmigo misma, la verdad. Cuando llegó mi turno me tuve que recoger el pelo. Me pongo muy nerviosa en los trámites, y el ver que no llevaba una liga conmigo se sintió como un mini infarto. Me hice una trenza horrible que, cuando me estaban a punto de tomar la foto, se deshizo por completo. Me puse el pasaporte en la boca mientras volvía a hacerme la trenza a toda velocidad, como si mi vida dependiera de ello. "¿Identificación?" me preguntó el fotógrafo. Me quité el pasaporte de la boca y se lo entregué en la mano, ignorando que estaba todo babeado. Qué digo, estaba nerviosa.
"Tómale la foto otra vez, salió muy blanca", el fotógrafo y alguien que le ayudaba se me quedaron viendo "...¡ella es así!". Ignoré el típico comentario sobre mi blancura y le pregunté "¿de aquí a dónde voy?". Me sonrió "ya terminó el trámite". Salí dando de brincos. Fue como el final de una película.
Sé que mis amigos están igual que yo. Cuando los profesores preguntan "¿y ya todos tienen universidad?" se escucha una especie de aullido en el salón. Los antes sagrados viernes se han convertido en días de estudiar en Starbucks con nuestras guías-ladrillo y de decir "bueno, bueno. Sigamos" cuando nos desviamos a chismear por un momento. Cuando son los descansos de cinco minutos, no es raro escuchar por los pasillos "no, no, a ver. Acuérdate. Es profase, metafase, anafase y telofase. Pro-meto-ana-telefonearte. Prometo Ana telefonearte. ¿Ves? Fácil".  Puedo decir -y decir con orgullo- que nos hemos vuelto lo que no fuimos durante toda la prepa: unos matados.

Sé que mis amigos van a pasar. Lo sé porque los veo ir a clases los fines de semana después de fiestas que terminaron en la madrugada. Los veo pidiéndole a los maestros que nos enseñen más temas. Los veo usando las cafeterías como centros de estudio. De mí no estoy segura. También quiero creer que voy a pasar. Pero me pongo nerviosa cuando me dicen "vas a pasar" porque siento que entonces no lo haré y deshonraré a mi familia y a mis vacas. Entonces no diré nada. Solo que amamos tanto la UNAM que hemos puesto alma y cuerpo luchando por llegar. Más le vale a ella, la UNAM, que nos ame de regreso, porque para nosotros, ella se ha vuelto todo.

"Por favor", le dije a Azpil hace unos días, "si un día me ahogo, hazme RCP al ritmo de la porra de los Pumas. Solo eso pido".




[1] Obviamente nadie tiene tuberculosis.

2 comentarios:

  1. Mamaste con lo del aguardiente. Vas a pasar. Y ojalá te enamores de la universidad. Lo que a mí me pasó fue que más bien fue como mi mamá. Take it as you will.

    ResponderEliminar
  2. Eres mi escritura preferida. Espero con emoción la fiesta que harás cuando te acepten en la UNAM -porque, a diferencia de los calzones de una monja, entras porque entras-. <3

    ResponderEliminar