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viernes, 24 de febrero de 2017

Shakespeareando

"No sé pero yo nunca voy a hacer eso", dije hace un par de años, cuando vi un Shakespeare Contest por primera vez. No podía entender de dónde sacaban tanto valor los que participaban. Y no creía que dentro de mí hubiera lo más mínimo de ello.
Encontré Shakespeare por casualidad, y terminé encontrándome a mí misma. El año pasado alguien escribió mi nombre en la lista de inscripciones. Alguna amiga, posiblemente. Fue como en la cuarta película de Harry Potter, donde hay un torneo de magos al que Harry no puede entrar debido a su edad pero su nombre aparece en el cáliz de fuego donde se eligen los representantes. Dudaba, pero al mismo tiempo creía que si mi nombre estaba ahí era por algo.
Puedo resumir mi experiencia en Shakespeare con dos momentos. Salir de la escuela a las seis de la tarde, cuando ya está casi vacía. Ver el cielo pintado de dorado por el atardecer y tener esa sensación de que todo está bien. La tarea y las razones para estresarse dejan de existir. Y por otra parte está una de las descargas de adrenalina más fuertes que he vivido; el estar viéndome al espejo antes de salir al escenario. Sentir el silencio de mis compañeros que están sentados en las sillas negras del auditorio, esperándome.
Voy a extrañar todo; ir de un lado a otro cargando mi mochila llena de ropa, zapatos y talco, repasar mis líneas en voz alta entre clases y sentir las miradas de extrañeza, tener una dieta a base de sopas Maruchan y juguitos tetrapack, cancelar planes y citas con el dentista para ir a ensayar, el quedarme ronca de tanto reírme y, principalmente, esa sensación de que mis compañeros y yo compartimos un mundo que nadie más entiende, como si fuera nuestro secreto.
Hoy fue el gran día. Pasaron muchas cosas, desde ayer el ensayo general que terminó tardísimo y me contaron sobre cómo la escuela era un convento pero se incendió y hay fantasmas de monjas entre nosotros, hasta hoy en la mañana donde no encontrábamos las llaves de la reja de mi casa entonces tuve que brincarla. Llegando a la escuela me encontré con mis amigos y compañeros de escena que, al igual que yo, no habían podido dormir por los nervios. "No estoy listo, no estoy listo", murmullábamos. Pero realmente todos lo estábamos, solo no queríamos creer que el momento ya había llegado.

Siendo una persona tímida, actuar se siente como estar constantemente a punto de tirarse al vacío. Puedes estar muriendo de miedo tras la cortina, tener dolor de estómago, gripa, unos zapatos incómodos o unos nuevos diálogos que simplemente no te terminas de aprender. Pero entonces llega esa fracción de segundos antes de entrar al escenario donde el cuerpo se destensa y sonríes. Ya estás ahí, no puedes cambiarlo. Pase lo que pase, no te queda más que dar lo mejor de ti y ponerte a jugar. "De eso se trata finalmente, ¿no?" fue lo último que pensé antes de salir. Y esos minutos que estuve allá arriba, con un vestido negro fingiendo ser una Claire Underwood del siglo XVII, fueron lo más cercano a la magia que voy a tener.


Todo se termina eventualmente. Tal vez algún día, en algunos años, vaya de visita a la escuela y me vuelva a encontrar con ese escenario. Ya no seré Julieta, ni Emilia, ni algún personaje Shakespeareano. Tal vez esté ahí para ver a mi hermano presentar un proyecto o para un evento de ex-alumnos. El día de hoy se va a sentir muy lejano, pero ahí va a seguir el fantasma de todas esas historias que tuvimos la suerte de contar.

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