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domingo, 26 de marzo de 2017

Con sal en la boca

I

-¿No te encanta cuando después de estar en la playa la boca te sabe a sal?
-No, me da asco.
-Pero si suena poético.
-Bueno, si escribes en tu blog sobre el viaje pon de título "Con sal en la boca". Y me das crédito.
-Está bien.

Gaby y yo nos reímos. Todos regresábamos al restaurante envueltos en nuestras toallas. Un perro me siguió y me lamió la rodilla. "Deja a ese perro por favor, ya nos tenemos que ir", me dijo alguna amiga que venía conmigo. Seguramente estaba harta, al igual que todos, de cómo durante esos cinco días me detuve a saludar a cada animal que me encontré. "¡Hola caballito!", "¡Hola iguanita!", "¡Hola perrito!".

A penas unos minutos antes habíamos estado todos juntos en el mar. El agua era clara y estaba llena de hierbas que nos agarraban los tobillos, haciéndonos gritar y reírnos.

II

Los pequeños momentos en el hotel y los camiones fueron muy divertidos. En las mañanas mis compañeras y yo nos sentábamos en la cama a ver Los Padrinos Mágicos y a comer galletas Marías con Nutella. Cuando fue la revisión de maletas y vieron mi pomo -así lo nombramos porque era gigante- de Nutella, me dijeron "dosifícala, por favor. Que te dure...no te la acabes en un día...comparte..." y no prometí nada.
En los camiones me la pasaba acostada en las posiciones más incómodas para poder dormir un rato y cubrirme del aire acondicionado. Pero cuando no estaba haciendo eso, tenía conversaciones profundas como el "¿Sabías que Tracy Chapman es mujer?" con Azpil, las pláticas de House of Cards con Jerry y el "nunca me aprendo los nombres de actores pero me sé el de Kirk Douglas porque me gusta su barbilla" de Martín.
Aunque siento que conozco a mis amigos de toda la vida, en los viajes siempre aprendo más. Como que a mis amigas les gusta Ricardo Montaner.

III

Entramos a las grutas y no lo podíamos creer. Ni con las mejores cámaras se podría capturar la mitad de la belleza de lo que vimos. Caminábamos lento, deteniéndonos para decir "no lo puedo creer" cada treinta segundos. "Hay una leyenda", nos dijo el guía, "que dice que quien toque el agua de ahí tendrá la maldición de casarse tres veces". A penas tuve la oportunidad y me acerqué a sumergir la mano a ese charco. Iba con Azpil, quien me dijo "¿qué te pasa?". "Pues de casarme tres veces a no casarme ninguna, prefiero tres".

Cuando el guía golpeó una columna, sonó una nota musical, seguida de un grito de todos nosotros, impresionados. 

"Si este es el infierno", me dijo Azpil haciendo referencia a lo que el guía nos había comentado sobre las creencias mayas, "yo no tendría ningún problema en terminar ahí". 

IV

"Por favor participen" nos dijeron al ver nuestras caras de adolescentes antipáticos. Era de noche y estábamos muy cansados, había sido un día de muchas actividades y lugares nuevos. Antes de dormir debíamos de hacer un debate de qué modelo le funcionaría mejor a Yucatán y su economía; uno de desarrollo sostenible o uno turístico. Nos separamos por equipos y escribimos nuestras posturas. Estábamos tranquilos hasta que pasamos al frente a debatir. 

-Hay una ley que dice...
-¿¡Qué ley!? -gritó alguien desde el público y con eso comenzó el caos. 
Poco faltaba para que empezáramos a darnos de sillazos.

"Por favor apúrense, ya nos estamos extendiendo mucho". Mi equipo me puso a mí a decir la conclusión. Me paré al frente con el micrófono en mano "pues nosotros queremos cerrar con una frase de...¡el Che Guevara!". Ni siquiera pude decir la frase porque todos se pararon a gritar como en marcha anti-Peña.

V

No se podía sacar los pies de la lancha pero a mi equipo le encantaba contradecir cada indicación. Íbamos con los ojos cerrados, riéndonos mientras el pelo se nos enredaba. Nos detuvimos cerca de unos flamingos y estuvimos un buen rato frente a ellos, viéndolos interactuar y comunicarse haciendo unos ruidos tan extraños que me hacían pensar que realmente estaban hablando español. 

Cuando caminamos por el manglar nos encontramos con, a lo lejos, un cocodrilo bebé. Mi pavor a los cocodrilos me hizo esconderme tras una amiga. "No te va a hacer nada, es un bebé", "sí, pero si hay un bebé debe haber una mamá en algún lado". 
Lo que me gustó de ver al cocodrilo fue que no estaba tras una reja o un cristal. No había bocinas con una voz explicándonos cómo debíamos mantenernos lejos de él ni estaba en un hábitat artificial. Él estaba ahí, tranquilo, coexistiendo con nosotros, de alguna forma sabiendo que no éramos una amenaza para él ni viceversa.

VI

Nos sentamos hambrientos a comer en un lugar donde sonaba un cover tropical de Wish you were here, de Pink Floyd. Después vino nuestra canción, Lamento Boliviano, que todos cantamos a todo pulmón. Fue como si alguien nos conociera y la hubiera puesto a propósito ahí, en ese momento de estar todos juntos.

Me quedé afuera del cenote con otro par de personas. Veía a mis compañeros nadar, algunos helarse, echarse agua y otros retorciéndose cada vez que sentían peces rozándoles la piel. Estuve luchando con mi cámara un buen rato. Al final la guardé. Era imposible tomar una foto, y aunque lo hubiera logrado, no le haría justicia a la hermosura del lugar.

Cuando salimos alguien empezó a gritar "¡sacrificio!, ¡sacrificio!, ¡sacrificio" y poco a poco todos se unieron al coro. Andrés se acostó en una especie de mesa de piedra y, muertos de risa, simulamos una ceremonia de sacrificio dirigida por el profesor de historia, quien levantó una piedra y habló en una mezcla de maya con latín mientras nosotros -el pueblo- estábamos en oración.

Llegamos al camión viendo un atardecer rojo, con un cielo completamente limpio y despejado. No había edificios que bloquearan la vista. El sol se parecía al del atardecer que ve Luke Skywalker en Tatooine, en Star Wars IV. En pocas palabras, se veía perfecto. 

VII

Llegamos a Chichén Itzá y el rugido de un jaguar me hizo brincar. Era un vendedor soplándole a una especie de juguete que hacía ese ruido. El lugar estaba repleto de gente de todo el mundo. Alemanes, franceses, brasileños y personas de las cuales nunca pude identificar su idioma.
En un puesto, un vendedor me dijo "¿no gustas un collar para tu mamá?", "no, muchas gracias", "o...¿un cuchillo para el ex-novio?" me reí mucho. Poco después vi a alguien comprárselo.
Aunque iba caminando junto a mi equipo, traté de mantenerme por mi cuenta. Hay cosas que prefiero admirar estando yo sola. Llevaba una playlist especialmente para estar en las ruinas. "Save a Prayer" de Duran Duran sonó en mis audífonos junto con "El Rito" de Soda Stereo y toda la discografía de los Caifanes (de quienes no soy muy fan pero se prestaron para el momento).
Al aplaudir frente al templo de Kukulkán me contestaba el sonido de un pájaro. Me acordé de la imagen del investigador de History Channel que dice "Aliens" como explicación a cualquier fenómeno.  ¿Cómo era que lo que estaba viendo y oyendo podía ser real?
Me pesaban las piernas. No eran ni las doce del día y ya habíamos caminado varios kilómetros. La noche anterior me había dormido a las dos de la mañana.  Sin embargo ese cansancio se volvió insignificante al estar ahí, parada frente al templo mientras escuchaba la voz de Cerati cantar

"Sueles encontrarme en cualquier lugar
 / y ya lo sabes nada es casualidad
 / tu misteriosa forma me lastimará / pero a cada segundo estaré mas cerca
/ Desafiando al rito
/ destruyendo mitos".



VIII

"Me cae que los guías ya se fueron a dormir" dijo alguien tres lugares atrás de mí. "¿A dónde creen que lleguemos?" preguntó otra voz. "Me cae que a Chichén Itzá", contesté. Y ahí íbamos, una interminable fila de chavos con los ojos vendados, caminando guiándose únicamente por los hombros del compañero de enfrente y de un hilo que de vez en cuando aparecía junto a nuestras manos. Chocamos contra palmeras, nos caímos de escalones, nos quedamos frente a paredes sin saber qué hacer. El silencio con el cuál debíamos de hacer la actividad era interrumpido por el sonido de risas reprimidas y gente perdida preguntando dónde habían quedado sus compañeros. 
El propósito de la actividad era aprender a confiar en quienes nos rodeaban. Pero yo ya lo hacía.

IX
La experiencia en Yucatán fue todo menos salada. Pero al decir "con sal en la boca" me refiero a la sensación de después de estar en el mar, cuando ya no estás ahí pero una parte de él se queda contigo, como espero que sean los recuerdos de esos cinco días en los que fuimos genuinamente felices. 

1 comentario:

  1. Nunca he ido a lugares bonitos y tu relato me hace imaginalos y sentirlos como si hubiera estado ahí. Escribes taan bonito que me transmites lo hermoso que ha de haber sido tu experiencia.
    Ahora espero con ansias lo que escribas del concierto de Morrissey! 💜😊

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