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domingo, 19 de marzo de 2017

El pre-viaje

Hace dos años fuimos a Chiapas. Cuando el avión iba aterrizando, vimos a través de las ventanas un terreno verde que se extendía y parecía no tener fin. "¿Cómo? ¿¡No hay Starbucks aquí!?" dijo un amigo, burlándose de lo capitalinos -lo demasiado capitalinos- que somos. Era un paraíso.
Cansados por el viaje, íbamos todos hambrientos y semidormidos en el camión hacia el hotel. Los guías nos daban instrucciones e indicaciones, pero escuchábamos a medias. Fue entonces que alguien dijo "en las noches no dejen sus zapatos en el piso porque pueden meterse insectos. Y chequen bien sus sábanas, que el otro día tuvimos que sacar de un cuarto a una tuza". Ni mis compañeras de cuarto ni yo sabíamos con exactitud qué era una tuza o a qué se parecía. Como dije anteriormente, somos demasiado capitalinas. Pero nos sonaba horrible, como una especie de gremlin.
Llegamos al hotel y al desempacar, me encontré en mi maleta hecha el día anterior al aventón, con mi botella de repelente destapada y a mi cepillo de dientes nadando entre ese líquido irrespirable. Conseguir otro cepillo fue una odisea. Era el primer año y, gracias a esa tontería, me di cuenta que uno de los propósitos de los viajes es aprender a sobrevivir. No dormimos hasta encontrar una forma de lavarme los dientes y estar seguras de que no hubiera gremlins en nuestra cama. 
Fuimos a unos templos antiguos en Palenque, donde llovió y tuvimos que correr de un lado a otro encontrando pistas para un rally. Ahí aprendimos a subir escaleras mayas, cosa que definitivamente tiene lo suyo. Ya no éramos turistas que solo tomaban fotos.
En ese mismo viaje fuimos a una cascada enorme y enormemente hermosa, además de a un templo al que me pareció chido subir hasta la cima sola, corriendo a toda velocidad. Me tomé una foto al llegar hasta arriba; me temblaba tanto la mano por el cansancio que salió borrosa. Solo se ve la mitad de mi cara, con las mejillas rojas y al fondo, un pedazo de paisaje de película.
También puebleamos, actividad imprescindible en cualquier viaje mexicano, en San Cristobal. La noche en la que llegamos estábamos agotados. Eran las 12 de la noche y en lugar de irnos a dormir nos dijeron "¡vamos a las calles a representar leyendas!". Alguien me pintó la cara disque para ello, pero terminé pareciendo integrante de Moderatto. Y se veía tan hermoso todo el conjunto; noche estrellada, calles vacías sin el ruido de la ciudad, construcciones típicas y una bola de adolescentes -nosotros- muriendo de risa.
Del recorrido por el Cañón del Sumidero recuerdo, además de la impresión que me causó el lugar, que nos encontramos con un cocodrilo. Yo le tengo pavor a los cocodrilos desde una vez en Ixtapa que creí que uno de ellos se comería a mi hermano. Entonces al verlo, quise que nos alejáramos pero hicimos exactamente lo contrario. El cocodrilo estaba gordísimo. "¿Y si se acaba de comer a una persona?" le pregunté a una amiga, quien me contestó "te debería de dar más miedo un cocodrilo flaco que no se acaba de comer a una persona sino que busca hacerlo". Por alguna razón, eso no me calmó.
Fueron tantas las cosas que hicimos en ese viaje que no puedo escribirlas todas; no acabaría. Están desde nuestras aventuras en la selva hasta estar en el cuarto escuchando al Buki.

El año pasado fuimos a Veracruz. Nos fuimos en camión y esos cuatro días de viaje consistieron básicamente en eso, ir en camión. Claro, eso no quita que también haya sido divertido. Vimos a los voladores de Papantla, donde me sudaron las palmas de las manos más de lo que alguna vez creí que se podría.
En los larguísimos transcursos en camión había un gran dilema, la música. Nos dividíamos en los que queríamos rock, los que querían pop y los que de plano querían reggaetón. "Sorry" de Justin Bieber fue la canción más sonada del otro bando, mientras que mis amigos y yo poníamos "Aprovéchate" de Café Tacvba en repetición. Hubo un día donde el viaje fue muy largo, ya era de noche y casi todos estaban dormidos. Ya no había quién pusiera música, era mi oportunidad. Llegué a la conclusión de que soy la mejor DJ. Puse I Will Survive y una vez que la gente cantaba, la interrumpí para poner La Ingrata. Cuando ya nadie me pelaba puse a José José. Inevitable en mi caso.
En los cuartos nos dábamos vuelo con las botanas y los juegos de cartas. Mientras unos jugaban Blackjack o póquer, mis amigas y yo jugábamos Uno. Sí, el de las cartitas de colores que, por cierto, sigo sin entender.
Puebleamos mucho también. Fuimos a un pueblo -cuyo nombre no recuerdo- que estoy segura que era un pueblo fantasma. No había coches, ni gente, las casas se veían abandonadas. Era bonito, pero un poco aterrador. En el restaurante al que fuimos nos sirvieron mole, agua de horchata y flan. Azpil, de mis mejores amigas, se sentó conmigo y sufrió al ver que teníamos que comer las tres cosas que más detesta en el mundo. Pero como mencioné con lo del cepillo de dientes, a veces solo se trata de sobrevivir.
Fuimos a casa de una escultora a hacer cerámicas y todos hicimos la escena de Ghost. Ya saben a cuál me refiero. Cuando fue mi turno de intentarlo, me di cuenta que aunque todos eran malos haciendo cerámica, yo era la peor. "¡Pero si no es un coche!" me decían mientras yo pisaba el pedal como si estuviera manejando en el Periférico. Pero lo intenté. Y antes de eso fuimos a un pueblo hermoso, Coatepec. No era solo hermoso por sus calles chiquitas de pueblo mágico sino también porque es un lugar donde se dedican casi exclusivamente a hacer café. Me tomé muchísimas tazas en el poco tiempo que estuvimos ahí, y aunque mi vejiga me odió por eso, valió la pena. Y me dio tanto gusto que no existieran los Starbucks ahí.


 Mañana es nuestro último viaje. No sé si fueron las cadenitas de oración, las bombas de antivirales o ambas, pero la influenza que amenazaba con arrebatarme ese viaje se fue. Yo sé que voy a escribir de él a penas regrese. No solo porque tengo la manía de escribir todo sino porque sé que va a ser memorable, como siempre lo son.  

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