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sábado, 1 de abril de 2017

La luz que nunca se apagó

"Nunca salgas con un fan de Morrissey" dice un viejo post de Tumblr, "al principio crees que es una persona romántica y sensible, pero realmente solo es alguien que llora cuando ve bicicletas oxidadas y que le presta más atención a sus viniles que a ti".
La primera vez que escuché a Moz fue en un canal argentino de videos musicales que yo veía 24/7, donde hicieron un maratón en su honor por su cumpleaños 50. Esto fue hace unos siete u ocho años. Sí, la gente veía videos musicales en la tele. Me pareció la cosa más horrible que había oído. Años después me convertí el estereotipo de fan de Morrissey con quien nadie quiere salir.

Mucha gente no compró boletos creyendo que él cancelaría como lo hizo en 2013. Yo iba a unirme a ellos, pero quise tener esperanza. Esa noche, la de el concierto de Morrissey, se sentía lejana e improbable. Los días se pasaron rápido, pero estando ya en el Palacio de los Deportes, el tiempo se congeló. La fila, como del seguro social, era larga, tanto que me hacía perder la fe en que nos tocarían buenos lugares. Hubo momentos en los que, viendo a la gente, no me sentí en México sino en Manchester. Pelos teñidos de verde, botas Doc Martens con agujetas amarillas, enormes ramos de flores amarrados en la espalda. Y yo que me sentía original. Vendían pizzas veganas y playeras de Oscar Wilde, junto con otras que decían "this is Morrissey's town. We just live in it".

Cuando las puertas se abrieron, corrimos y llegamos a la segunda fila. Frente a mí solo había otra fila -de niñas de mi edad- y una reja. En los videos de The Smiths siempre se ven fans que brincan bardas y se arrastran al escenario, al que terminan subiéndose para abrazar a Morrissey unos segundos, hasta que alguien de seguridad los saca de ahí a empujones. A la distancia que me encontraba, esa fan podía ser yo. Pasaron unos camarógrafos que nos filmaron saludando, gritando "¡te amo Moz!", "I love you Morrissey!" y brincando de la emoción.
"Es demasiado bueno", pensaba. O él cancelaría, o alguien me quitaría mi lugar. Me sudaban las palmas de las manos y sabía que así sería por la hora y media que quedaba de espera.

En la pantalla se empezaron a proyectar videos. Cuando se apagaron las luces y comenzó el primero, uno de The Ramones, gritamos creyendo que Moz estaba cerca. Pasamos media hora en ese estado; terminaba un video y la audiencia aplaudía lo más fuerte posible. No por el video en sí sino por la ilusión de que sería el último. Entonces comenzaba uno nuevo y se sentía el hartazgo, la desesperación y la inevitable pregunta "¿y si al final no sale?".  Se escuchaba todo tipo de comentarios. "¿Qué está pasando, Dr García?", "Pinche Morrissey raro", "¡Ya sal de ahí!", "Es que sabe que todos sus fans somos masoquistas". Más que nosotros masoquistas, él era un sádico. Sabía que llevábamos años esperándolo, todo para que esa noche hiciera lo posible por tardarse en hacer su entrada, hacernos sufrir viendo el  reloj de nuestro teléfono marcar "21:10" sobre una foto suya.
Los Sex Pistols, James Brown, una escena de una película posiblemente de Passolini, una nave espacial, políticos hablando, una poeta y lo que parecía un video porno de los 80's fueron algunas de las imágenes que iluminaban esa tela blanca que colgaba del centro del escenario. Pero por más bizarras que fueran, yo no podía prestarles atención. Frente a mí se veían unos escalones metálicos y su barandal, saliendo desde un piso de abajo hacia el escenario. Roadies subían y bajaban. Se me hacía difícil imaginar qué podría haber en ese lugar. Y más aún, pensar que Morrissey podría subir de esas mismas escaleras, de las cuales irradiaba una pequeña luz amarilla. Una luz que no se apagaba. Alguien junto a mí cantaba "There is a light that never goes out". Era esa.

Morrissey salió del otro lado del escenario y, al hacerlo, gritó "¡familia!" en español, mientras que una horda de gente se aplastaba y se empujaba con tal de verlo mejor. La chica que estaba detrás de mí insistía en darle la mano a su amiga, que estaba delante mío. La jalaba diciéndole "vamos a otra parte, aquí te van a aplastar", y al mismo tiempo, yo era aplastada por ella. No me importaba. Me quedé parada, paralizada. A escasos metros de mí, Morrissey caminaba luciendo su saco dorado, su cruz en el pecho, su clásico peinado y una sonrisa que no le había visto nunca. Quise vivir el momento, no ponerme a pensar en todos los años que llevo escuchándolo, las veces en las que me encerraba a mi cuarto a cantar "I Know It's Over" con un nudo en la garganta, los viajes en las que su voz y mis audífonos fueron mi mejor compañía. Pero fue inevitable.
Volteó hacia donde estábamos y se acercó poco a poco. Yo sabía lo ñoña que me veía con mis lentes de armazón puestos, pero gracias a ellos, pude ver claramente el azul en sus ojos. Le lancé un beso y él agachó la cabeza, agradeciendo. Sé que no lo hizo por mí, pero fue como si por un momento él supiera lo que yo estaba pensando.

Flores caían al escenario junto con lo que parecían cartas de amor. Él cerraba los ojos tomando el micrófono mientras pétalos de rosas y margaritas se esparcían por el suelo. "Suedehead" era cantada por las miles de almas ahí; los suedeheads reales, los punks, los que nos creemos punk, los godínez que acababan de salir de la oficina, adultos, adolescentes. Incluso un hombre llevaba en los hombros a su hija de unos seis años, que no se sabía la letra pero la inventaba y la cantaba emocionada.
Entre canciones, Moz nos hablaba "Mexico! Mexico! Mexico!", a lo que nosotros contestábamos "Morrissey! Morrissey! Morrissey!". "I feel so happy right now".  No era el único.






"Kiss me Alot" es su versión de "Bésame Mucho". Que la haya tocado fue como una forma de decirnos lo mucho que quería a México. "I love you" nos dijo entre canciones "I love you, I love you, I love you". Más adelante habló de Trump. "I've got to tell you this. There is one good thing about the Trump wall". Silencio. "It will keep him OUT". La voz de Morrissey fue devorada por los gritos de apoyo.
Normalmente los conciertos tienen un mood general. Están, por ejemplo, los últimos dos a los que fui; en Radiohead se sentía un ambiente melancólico, incluso sombrío. Café Tacvba fue pura fiesta. Pero esta noche fue una mezcla de todas las emociones. Hubo momentos de felicidad eufórica, y otros donde se nos hacía pedazos el corazón.

En "Meat is muder" cerré los ojos porque sabía lo que venía. Seis minutos de videos de crueldad contra los animales. A veces me volteaba a ver las reacciones de quienes estaban detrás de mí. "Vaya que sabe hacernos sentir mal, ¿no?", me preguntó un chico que hacía exactamente lo mismo que yo. El público mexicano entraba en conflicto, si bien era el mismísimo "día del taco", Morrissey exprimió la conciencia de todos los presentes. Pero fue en esa canción donde pude comprenderlo mejor, tanto como artista como persona. Al tener los ojos cerrados solo me concentraba en su voz. La misma de hace treinta años, sacando los mismos demonios.

Esto contrastó con "There is a light that never goes out". Su canción más famosa fue coreada por 30 mil personas. Sentía la vibración del bajo en mi pecho y lo veía cerrar los ojos con dulzura mientras cantaba, entregándose a sí mismo a un país que lo amaba y que lo señalaba al decir "to die by your side is such a heavenly way to die".
"How soon is now?", "Everyday is like Sunday", "Let me kiss you", "You're the one for me, Fatty", "You have killed me", "The bullfighter dies", "World peace is none of your business" y "Alma matters", entre otras, nos hieron vivir una noche que no se va a repetir.

Morrissey es un misterio. Es posible que nunca vuelva. Pero por dos horas estuvimos juntos. Escribiría sobre cada canción, pero se me acabarían los adjetivos para describir algo que se sintió como magia. Nos agradecía constantemente el cariño que le dábamos, pero no hay forma en la que él esté más agradecido con nosotros de lo que nosotros estamos con él. Por todo.
Ya era posible ver en él el paso del tiempo, pero nunca vimos un solo rastro de cansancio. Cantábamos junto al mismo joven que bailaba con su ramo de flores en Top of Pops, en los 80's. El mismo que nos había salvado la vida con su "...but don't forget the songs that made you cry and the songs that saved your life".
Saliendo del concierto me enteré de que están planeando sacar un DVD de ese show. En caso de que así sea, va a salir esa imagen de mí agarrándome de la barda que nos separaba del escenario, gritándole "¡te amo!" viendo de reojo la luz de la escalera. El destello que prometía brillar por siempre. 

Él tiene una canción titulada "I'll never be anybody's hero". Steven, querido, esa ni tú te la crees.

3 comentarios:

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  2. Sin palabras. Como te dije en tu anterior post, haces que sienta como si hubiera estado ahí, transmites tantas emociones a través de las letras. Seria lindo ir a un concierto de Moz contigo y llorar juntos...

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